miércoles, 9 de febrero de 2011

El cuerpo femenino y la cultura machista


por: Marcela Gereda /elPeriódico

Guatemala.- Antes sus cuerpos fueron invadidos y preñados por pieles blancas y europeas. Luego fueron movilizados (en camiones, como ganado) y explotados para cortar el café en las grandes fincas de Alta Verapaz. En los ochenta sus cuerpos fueron, en muchos casos, masacrados, quemados o desaparecidos por El Ejército. Hoy estos cuerpos femeninos y q’eqchi’s aparecen de nuevo como cuerpos morenos vulnerables y violados donde se inscribe y reproduce la cultura patriarcal.

Desde el 20 de diciembre de 2010 el presidente Álvaro Colom impuso el estado de Sitio en Alta Verapaz para “combatir a los narcotraficantes”, al cartel mexicano Los Zetas, quienes encontraron un cielo para trasegar droga sudamericana hacia Estados Unidos. La alta presencia de policía (vendida) y más de quinientos militares (nefastos) no han logrado detener la violencia en general y hacia las mujeres en particular.


Según datos de la Comisión Interinstitucional contra la Violencia Sexual contra la Mujer se reportaron 508 violaciones ocurridas el año pasado, además de 2.421 denuncias de violencia contra la mujer. Y solo en el primer mes del presente año más de 30 violaciones a mujeres en ese departamento ¿Y la mejora del sistema de seguridad impulsada por el Ministerio de Gobernación en este departamento? Una gran puesta en escena.


Por otro lado, según Walda Barrios, asesora de la Unión de Mujeres Guatemaltecas, hoy en Guatemala, el feminicidio es la forma más extrema de violencia contra la mujer. Dice: “Hay un perfil de las asesinadas -estudiantes, obreras de la maquila- y un mensaje subyacente: en tu casa estás mejor. Vemos una correlación entre un incremento de la participación política de las mujeres y un aumento de los asesinatos. Es un castigo”, añade.


La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala señala que en 2010 se produjeron 847 muertes violentas de mujeres en Guatemala y más de 4.300 casos de violencia sexual asistidos por los servicios forenses. La impunidad alcanza al 96% de los homicidios, Según Unifem, la violencia contra las mujeres continúa siendo el abuso de los derechos humanos más común en Centro América. ¿Qué representan estas violaciones y abusos a los cuerpos de mujeres guatemaltecas en general y q’eqchi’s en particular?


Estas violaciones a mujeres q’eqchi’s son una repulsiva invasión no sólo a su cuerpo, sino a su dignidad humana. El cuerpo que es el cruce de todas las instancias de la cultura, es el punto de imputación por excelencia del campo simbólico.

Así su existencia está sellada por una historia de violencia individual y colectiva. Individual por las historias de violencia familiar heredada, marcos estructurales de pobreza y hacinamiento, en los que es común encontrar maltrato, abuso físico, emocional y sexual. Y Colectiva porque hay entre ellas una historia de violencia contra sus cuerpos donde se socializan y reproducen prácticas y conductas que les determinan y construyen como mujeres vulnerables y abusadas de su cuerpo y de su alma. Al ser utilizados sus cuerpos por la fuerza para el placer del otro, el cuerpo de estas mujeres q’eqchi’s es el territorio en el que se inscribe la cultura patriarcal. ¿Dónde está el Ministerio de Gobernación, el Ministerio Público, los palayeras blancas que se sensibilizan por la muerte de un pinche abogado, pero son incapaces de denunciar las injusticias históricas cometidas contra los cuerpos de estas mujeres q’eqchi’s. ¿Y dónde están las iglesias evangélicas, Opus Dei y demás “redes solidarias”?


¿Cuánto valen nuestras vidas y nuestros cuerpos en un país como este, en un tiempo como este? Los guatemaltecos estamos inermes. Las cifras ya dejaron de sorprendernos. El país se hunde y nosotros con él. Nosotros inermes, casi dormidos. Sin memoria. Entregados al olvido, al nulo interés en la historia de lo que nos ha hecho ser lo que somos y estar como estamos, la incertidumbre. La insensatez. No hay barbarie más grande que la de la insensatez y la indiferencia. La apatía nos convierte en cómplices de lo que decimos aborrecer. Esta vez imploro no quedarnos de brazos cruzados. No callemos sus voces. No silenciemos sus gritos.